Monumento, otro monumento de Alejandro Narvaiza

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Después de varios meses, de días de frío y barro, de dudas, de escaleras y andamios, de gubias, palillos modeladores, de golpes de brazo y caricias continuadas se fue modelando un monumento a la enfermería con seis personajes protagonistas: una enfermera que acompaña a una niña con el brazo en cabestrillo, tranquila y relajada con la mano de la enfermera en su cabeza transmitiéndole seguridad; una matrona con un niño en brazos envuelto en sus manos grandes y protectoras y un enfermero con un abuelito en silla de ruedas relajado con sus manos cruzadas sobre una de sus rodillas y la mano del enfermero sobre su hombro en perfecta sincronía. Tres varones, tres mujeres y un gran monumento que Alejandro Narvaiza ha tallado para Logroño con su corazón.

He tenido la suerte de poder acompañarlo durante muchos, muchos ratos, de charlar, o mejor de escuchar tantas y tantas historias de su vida, de sentir su esfuerzo, su entrega con la obra, sus empeño, su energía y su buen humor; sus dudas, también, de poder terminarla en tiempo récord… y lo he retratado, lo he grabado, lo he desmenuzado desde un montón de barro a un monumento de bronce, delicado e impresionante. Tengo ahora que resolver un puzle enorme para hacer que esos cientos, miles de garabatos de luz resuman de principio a fin el parto de la mente preñada de un artista, aunque a él no le gusta esa palabra, le gusta más la de artesano. Intentaré no defraudarte, estimado amigo Alejandro.

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